martes, 12 de mayo de 2015

Premio de Periodismo Simón Bolívar 1982

En julio de 1982, el escritor peruano Mario Vargas Llosa entregó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a Medardo Arias Satizábal, por "La Verdadera Historia de la Salsa", trabajo galardonado como Mejor Investigación. El acto tuvo lugar en el Teatro Colón.

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domingo, 20 de enero de 2013

Libro La verdadera historia de la salsa


Circulan invitaciones para la presentación del libro La verdadera historia de la salsa de Medardo Arias Satizábal que se llevará a cabo el jueves 24 de enero de 2013 a las 6.30 de la tarde en el Auditorio del centro cultural de Cali Carrera 5 calle 7 esquina, informes 8858855 Cali, Colombia.



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jueves, 9 de agosto de 2012

Así nació “Cali Pachanguero”


Por Medardo Arias Satizábal 

El flamboyán mostraba en sus raíces la humedad de las lluvias recientes y en sus ramas más altas se posaban los cormoranes. Estaba a un costado de ese pequeño hotel de Marbella, en Cartagena, regido por Enrique Sedeaux, un francés afincado en el Caribe. Podría ser hoy un hostal de mochileros; llegábamos ahí los reporteros y fotógrafos encargados de cubrir el Festival de Música del Caribe, un evento que realizaba cada año Paco de Onís. También estaban ahí orquestas, como el entonces joven Grupo Niche, de Cali. De cara al mar, el hostal de Sedeaux brindaba cama y alimento.
Sedeaux había dispuesto unas largas mesas con tablones apoyados sobre troncos de palmeras, en los que diariamente teníamos un menú único: pescado frito, arroz con coco, tostones de plátano y limonada con panela.
Cada tarde, el Grupo Niche ensayaba debajo del flamboyán, hasta el momento de trasladarse al Circo de Toros, como se llamaba la vieja plaza de Cartagena donde el Reggae cada noche levantaba una fenomenal polvareda. Estaban ahí, en la arena, Larry Harlow, Paco de Onís, Alejandro Obregón, entre otros, dándose tragos de ron Tres Esquinas, mientras los grupos llegados de todo el Caribe saludaban con un “¡Hola Cartagena!”
Fue precisamente Harlow, uno de los primeros en señalar la calidad interpretativa del Grupo Niche. Así lo expresó en un reportaje que me brindó antes de subir a tarima. Me dijo que sin duda esta era una de las orquestas representativas de Colombia; aseguró también que no hubiera tomado el camino de la Salsa, sin una vacación que le deparó la vida en La Habana, cuando era todavía muy joven y el sonido de los tambores que siguen la elación del guaguancó, le dijo que ahí estaba parte de su existencia como artista. Para entonces, era un joven judío de clase media neoyorquina, fascinado con la música cubana. 
Varela andaba enamorado de una bella pianista de Cali que vivía en el barrio San Antonio y decidió luego irse a París; pero ella, por esos días del Festival de Música del Caribe, decidió ignorar al músico y se fue de gancho con un cadete francés; tenía su goleta anclada en el muelle de Cartagena. Pero más que el amor, lo desvelaba la música. Después del Circo de Toros, el ensayo continuaba en las noches; las voces, con acordes de trompetas, llegaban hasta las habitaciones: “De romántica luna/ el lucero que es lelo…si supieras la pena que un día sentí/ cuando cerca de mí tus montañas no vi…”
Tarry Garcés, sobrino de Petronio Alvarez, “El Cuco”, tocaba el saxo en el grupo. En varias ocasiones, entre el calor y el jugo de tamarindo que el propio Sedeaux arrimaba con una jarra a los músicos, me acerqué para ver la partitura del tema que nos deparaba ya tres noches de insomnio. Le pregunte a Tarry, y me dijo que se trataba de un homenaje a Cali, una canción que no dejaba dormir, tampoco, a Varela, en esos días de 1983. 
En el grupo de músicos estaba siempre un norteamericano, sin camisa. Sudaba a mares; nunca supe si era arreglista, representante de orquestas. Tampoco supe su nombre. La verdad es que de esa criba musical en Cartagena y otros desvelos en Cali, nació en 1984, el otro himno de la ciudad, “Cali Pachanguero”. Llegó en el álbum “No hay quinto malo”. Era la feria de Cali de 1984 y se organizó un jurado para elegir el tema de esas fiestas. Del jurado hizo parte Luis Fernando Caicedo Lourido, hijo del director del diario Occidente, Alvaro H. Caicedo.
Luis Fernando regresó a la redacción con el entusiasmo de haber dado un veredicto certero: “Medardo, me dijo, tienes que escuchar esa canción…se llama Cali Pachanguero, sin duda es el tema de la Feria…”.
Claro, era la misma del desvelo en Cartagena y comprendí cuánto aliento e inspiración había necesitado Jairo Varela para hacerle este homenaje a la ciudad. Las primeras notas de esta melodía que hoy va por el mundo, se quedaron engarzadas en aquel flamboyán de Marbella, en los ires y venires de Sedeaux, quizá uno de los primeros hosteleros con sentido ecológico que conocí entonces. Cada mañana acercaba un balde lleno de sardinas a los pelícanos que con paso chaplinesco venían hasta el comedor al aire libre. Las aves marinas comían de su mano.
Ese recuerdo del génesis de una canción que identifica a Cali en cualquier lugar del mundo, unido a la apoteosis de Varela en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, son dos momentos que hoy no paro de recordar. Este último fue en la cima de Montjuic, en 1992. Las delegaciones del mundo desfilaban al ritmo de canciones célebres. El Rey Juan Carlos I presidía el acto en su palco, de pie. De pronto, en la televisión mundial apareció el título de una melodía: “Una aventura”, y más abajo, el crédito: “Jairo Varela, Colombia…”
El tono de esa interpretación, en ritmo flamenco, todavía repica en la memoria: “Una aventura es más bonita/ si no miramos el tiempo en el reloj/ una aventura, es más bonita/ cuando escapamos solos tú y yo...” El coro, que se extendió por toda España, era como una escena de Lelouch en la película Un hombre, una mujer: “Reventamos, estamos que reventamos/ cada vez que de frente nos miramos/ y los pies bajo la mesa nos tocamos/ y un beso robado queda siempre como adiós…”
Como Rubén Blades, un poeta de la Salsa. Me pregunto ahora quién le cantará a Cali y al Valle del Cauca, al río Atrato, a Buenaventura, como lo hizo Varela de manera tan singular. Se fue temprano debiéndonos muchísimas canciones. Ya lo había dicho Mercedes Sosa: “Si se calla el cantor, calla la vida”.

domingo, 29 de abril de 2012

El color de la literatura

Por Darío Henao 
Especial para GACETA

GACETA 20 abril 2012, El País, Cali, Colombia


>> Reseña

Vistazo a la reciente colección de ensayos Palabra Afroamericana, del escritor y periodista de Buenaventura, Medardo Arias Satizábal, en los que explora el sustento literario de los grandes autores afroamericanos.

"La familia humana es una con distinto color de piel, pero con la misma capacidad de gozo e inspiración" dice Medardo Arias en su libro, de reciente publicación.

Para leer el artículo completo en GACETA debe buscar las páginas 16 y 17 click aquí



viernes, 13 de abril de 2012

Palabra afroamericana, presentación

Invitamos a la presentación del libro

Palabra Afroamericana
Autor: Medardo Arias Satizábal
Comentarios de: 
Dario Henao
Alfredo Vanin Romero
Fecha: viernes abril 13 de 2012
Lugar: Biblioteca departamental Jorge Garcés Borrero
Salón rojo
Hora: 6.30 p.m.


Tarjeta de invitación a la presentación del libro












portada


Nota de prensa, publicada en El País Cali, Colombia abril 10, 2012
El libro está disponible en la biblioteca departamental, calle 5 avenida Roosevelt esquina, en Caja.



martes, 6 de marzo de 2012

"Los caribeños somos como los griegos", dice Derek Walcott


Por Medardo Arias Satizábal
Derek Walcott, Premio Nobel de Literatura 1992


Al igual que otros escritores del mundo que pertenecieron a colonias inglesas o francesas, recogió el legado literario de esa cultura que vino del otro lado del mar, y la enriqueció a su manera, con unos giros locales que trajeron riqueza singular a su poesía, según lo reconoció el jurado del Premio Nóbel de Literatura en 1992, año en que fue laureado en Estocolmo.

De ese Caribe multilingüe y variado, colorido y profundo, esta cultura ha reclamado ya varios Nóbeles en Estocolmo. Podríamos citar a Gabriel García Márquez, a V.S. Naipaul, el extraordinario escritor trinitario, y también al autor de “Anábasis”, Saint John Perse.

Al igual que en el Sur de los Estados Unidos y en estados como Massachussets, la lengua inglesa conservó sus más ricos, intricados y coloridos giros arcaicos, los mismos que, para asombro del jurado de Estocolmo, aparecen en los versos de Derek Walcott quien, quien a la manera Vicente Huidobro con el poema “Altazor”, ensayó una letanía épica de más de 200 páginas, donde pone las bases de una estética del Caribe inglés: “Omeros”.

Walcott vino a Hartford para iniciar la lectura colectiva de “Omeros”, la misma que se prolongó hasta el día siguiente, dentro de un esquema en el que participaron estudiantes, profesores y poetas del estado de Connecticut.

Walcott miraba casi con incredulidad esta experiencia de ver su libro ir de mano en mano en diferentes acentos y en particulares elocuencias.

-¿Cómo observa a la cultura norteamericana hoy?_

Creo que la sociedad norteamericana está infectada por el dinero; usted ve cómo toda creación artística nace ya predeterminada hacia lo que es o no “rentable” La experiencia norteamericana me convenció que donde debía estar, realmente, era en mi casa, así que cuando volví a Trinidad, empecé un taller de teatro que llegó a ser una excelente compañía para mí.

-A usted se le atribuye el ser uno de los creadores de la estética literaria del Caribe inglés; ¿cómo podría definir este aporte?_

Déjame en paz…(risas) Creo que eso es muy difícil de contestar de manera sencilla. Si tenemos que hablar de calidades, de la individualidad del novelista, es menester reconocer que su ficción, su tradición, está siempre basada en una isla distinta y casi siempre con acceso a dos o varias lenguas. Si ves, Santa Lucía es francesa e inglesa al tiempo. En Trinidad, particularmente, primero se habló Español, pero hoy encuentras ahí muchas lenguas, todas vivas, como el Chino, el Creòle francés, además de una importante población venida de India. Lo que quiero decir es que cada autor caribeño, viene siempre de otro idioma, de una realidad dialécticamente mixta. Miremos la ficción que se ha producido en Jamaica, Antigua, Saint Kitts, Trinidad, y la identificación racial de los escritores que han surgido en estos lugares. Hablo por supuesto de V.S. Naipaul, de James, de Gina Reese. Su propia experiencia racial histórica, es parte de su biografía individual. Mucha literatura caribeña es autobiográfica en términos de esa experiencia.

-La herencia cultural no logra entonces definir un panorama “específico” del Caribe…

Nuestra figuración no sería tan significativa sin esa herencia. Observa la experiencia africana e India en Trinidad, o el caso de Bobby Anthony, con raíces italianas, pero afincado en el Caribe. Que cada escritor pueda echar una mirada atrás, es un privilegio. Nuestra herencia cultural es de esas islas, y pertenece también a continentes, al tiempo. La individualidad de la que hablo no es una contradicción sino un rico patrimonio.

-¿Como define entonces este carácter de los escritores caribeños?

La identidad racial de cada lugar es importante, y con ello las distintas mezclas religiosas. Cada escritor tiene su propio sello o estilo; así que podemos afirmar que un párrafo de Naipaul puede ser diametralmente distinto a uno de James. Esto resulta fresco y excitante.

-¿Recibió usted alguna influencia del poeta Saint John Perse?_

Sí, pero eso vino mucho después; yo tenía una formación inglesa, obviamente, y nunca me he sentido extranjero o foráneo en esta lengua. Mi primera educación fue en literatura clásica inglesa. Al tiempo, se presenta el resurgir de la literatura caribeña, con su propio lenguaje, así que tengo estas dos influencias. Por un lado, banano y cocos, y por el otro lagos y bosques…

Como en su primer libro, “La Noche Verde…”

Sí, no me da pena reconocer que ahí puede verse la influencia de T.S. Elliot, de Auden y Dylan Thomas. Si lo miras bien, parece casi una antología de ellos, porque creo que parte de la tarea del artista es pasar parte de su vida aprendiendo de otros. No importa si estas influencias tienen consecuencias. Eso de que cada escritor debe establecer su propia personalidad, es una idea del siglo XX. Muchos críticos andan buscando siempre influencias, les gusta saber de dónde vino tal o cual idea o metáfora, pero para alguien que quiere ser poeta, no debe importar de dónde vienen las influencias; no tengo ninguna pena al admitir que estudié muy dedicadamente el diseño de ciertos poemas. Siempre me he considerado un aprendiz, y este aprendizaje es algo que nunca se detiene.

-Luego la literatura es más un asunto de humor que de inspiración…

Hay una idea de humor en América, y por América no quiero decir Estados Unidos, sino el Nuevo Mundo. Este humor puede ser grotesco o satírico, pero realmente es la idea del goce, del disfrute. Este goce está estrechamente ligado a la percusión, al ritmo. Mira la música de América Latina y el Caribe; está basada, mayormente, en la búsqueda de la dicha. La gente puede estar triste, muchas veces, pero el ritmo va por un lado, muy alegre. Esto es algo muy fuerte para la literatura. Esa percusión puede venir del ritmo africano o de la India y no de ese panorama elegiaco que se atribuye a toda gran literatura. En el Caribe podemos dar ejemplos diarios del deleite, y esto es una cualidad, la cual no abunda en la literatura europea, con excepción de la rusa. No es que una literatura sea mejor que la otra. Sólo que este humor nos viene también del sufrimiento y nuestra habilidad para perdurar, para crear una nueva dimensión que no es comedia ni es tragedia; sólo tragicomedia. Abundamos en ironía y sátira, en esa capacidad de mofarnos de nosotros mismos.

Usted ha comparado el Caribe con esa literatura de archipiélago que surgió en Grecia y contaminó al mundo…

Escribí un libro al respecto y eso me ha hecho, supuestamente, experto en mitología griega. Pero no me considero una autoridad. La historia de Helena de Troya en Santa Lucía, viene a ser como la “Helena de las Indias”, la que cambió de mano trece veces. Santa Lucía, donde nací, es estratégicamente como Gibraltar. Entre franceses y británicos cambió treces veces, tuvo trece tratados. Cuando era joven, llegaban las referencias griegas a través de la cultura inglesa y de la francesa. Estábamos familiarizados con la historias de Ulises, y claro, ahí puedes ver de una isla a otra, como en Grecia. Saint Vicent, está a 23 millas de Dominica. Yo puedo ver Martinica desde el balcón de mi casa. Entonces tenemos este sentido muy fuerte de archipiélago. No conozco Grecia, pero creo que debe ser casi lo mismo. Lo podía sentir cuando leía la Odisea; sabía que este señor que contaba esas historias, era alguien en quien se podía confiar; eran narraciones magníficas, pero sabías, al fondo, caribeñamente, que eran pura mierda. El tipo iba a una isla y encontraba gigantes. Homero no podía dar confirmación de esto, pero Ulises lo corroboraba. Todo transcurría dentro de las historias.

La superstición es también una cultura que une todo este archipiélago Caribe…

Ahí puedes encontrar un agüero conectado a cada isla; cada una tiene su propia experiencia supersticiosa, cultura que coexiste con la religión. Para cualquier poeta o escritor, esto es tremendo, porque tienes al frente una cosa que siempre está a medio camino de la otra. En la expresión afrocolombiana, por ejemplo, vas a encontrar siempre lo español. Dos mundos al tiempo. Por la vía del mito, este es el balance que tenemos en el Caribe. Shakespeare y García Márquez, al tiempo. Todavía hay gente en Santa Lucía que cree en los espíritus, pero ello no les permite rechazar la tecnología. Hay algunos escritores que odian eso, tratan de ser muy racionales, como V.S. Naipaul; no quiere oír nada de eso. Pero la mayoría de los escritores tratan de encontrar un balance.

Entre 1957 y 1958, usted hizo teatro en Nueva York. ¿Cómo era entonces el ambiente cultural de esta ciudad?

Extrañaba la casa, quería volver, sentía nostalgia, pero estaba inmerso en el teatro japonés, el de Kabuki, tenía mucha curiosidad por un movimiento teatral en pleno desarrollo, el que me llevaría luego a tener mi propio grupo trinitario y caribeño.

¿A quién se le ocurrió bautizarlo Derek Alton Walcott?

Mi madre fue viuda y ella me dio este nombre; ella tenía herencia holandesa. Derek es un nombre holandés y algo inglés también. Ella venía de Saint Martin. Mi abuelo paterno era inglés; vino de Barbados a Santa Lucía. Mi padre quizá fue hijo ilegítimo. Trabajó en el servicio civil y tenía afición por la pintura. Le gustaba usar acuarelas y también escribía. Sé que hizo algo de teatro con un grupo que creó mi madre. A él le encantaban los amigos, la música, la actuación.

-¿Cuál era el nombre de su primera novia, cómo eran los romances de su tiempo en Santa Lucía?

Mi primer amor creo que fue verdadero y ocurrió cuando tenía 18 años. Recuerdo que ella era mucho menor, y se llamaba Andreuille. Cuando eres joven te sientes maravilloso si ves a tu chica al menos por 1 minuto al día. A veces la veía pasar, al inicio, y ella ni siquiera se fijaba en mí. Yo estaba un poco loco por ella, pero me sentía fantástico todo el día. No hay nada que pueda compararse a esos amores de juventud.

-¿Cuál es su lugar predilecto cuando regresa a Santa Lucia?

Tengo una casa allá; con el dinero del Premio Nóbel me construí una casa muy linda. Tiene vista a la bahía, un magnífico panorama. Puedes ver pasar las canoas. Los pescadores son mis amigos. Cuando regreso ahí tengo la buena compañía de Sigfrid. Ella, aparte de ser linda, es buena conversadora. Esto es muy importante para mí. Uno puede ser muy bello, pero el encanto se mengua rápidamente si no se puede conversar.

-¿Cómo observa a Colombia, cuál es la lectura que hace cuando escucha el nombre de nuestra nación?

En verdad, debo ir a Colombia, conocerla. Hay simplificaciones periodísticas que la definen como una narcoeconomía, pero es a veces muy fácil decir esto desde los medios; no se puede prejuzgar. Yo nunca he creído que todo colombiano es drogadicto o que todo el mundo es corrupto ahí. Creo, seriamente, que Gabriel García Márquez redime siempre el nombre de Colombia. Él es una especie maravillosa de mago y escritor. Yo creo que el asunto colombiano, de verdad, es lo que está al interior de él; el humor y la suavidad, eso es colombiano.Nunca he sido su amigo, pero lo admiro grandemente. Soy amigo de algunos de sus fraternos, como Carlos Fuentes.

Derek Alton Walcott, el admirador del arte prerrafaelista, trabajó con Paul Simon y Rubén Blades para el montaje de “Capeman” en Broadway, lo que consideró un fiasco, pues tuvo diferencias con Simon, al tratar de imprimirle un aire más hispano o puertorriqueño a esta obra, según sus propias palabras; Walcott, el poeta que no cocina “ni un huevo”, pero disfruta a mares del pargo rojo y la langosta en su tierra, para él el lugar más bello que existe. “Lo amo por todas partes; para mí Santa Lucía es como una mujer…”

Derek Walcott, Lise Waxer, Medardo Arias. Lise Waxer, etnomusicóloga canadiense, catedratica de Trinity College en Hartford y esposa de Medardo Arias, realizó la traducción simultanea de este reportaje.