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martes, 12 de mayo de 2015

Premio de Periodismo Simón Bolívar 1982

En julio de 1982, el escritor peruano Mario Vargas Llosa entregó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a Medardo Arias Satizábal, por "La Verdadera Historia de la Salsa", trabajo galardonado como Mejor Investigación. El acto tuvo lugar en el Teatro Colón.

Para más imágenes ver galería de fotografías click aquí


domingo, 20 de enero de 2013

Libro La verdadera historia de la salsa


Circulan invitaciones para la presentación del libro La verdadera historia de la salsa de Medardo Arias Satizábal que se llevará a cabo el jueves 24 de enero de 2013 a las 6.30 de la tarde en el Auditorio del centro cultural de Cali Carrera 5 calle 7 esquina, informes 8858855 Cali, Colombia.



También leer información en NTC click aquí


jueves, 9 de agosto de 2012

Así nació “Cali Pachanguero”


Por Medardo Arias Satizábal 

El flamboyán mostraba en sus raíces la humedad de las lluvias recientes y en sus ramas más altas se posaban los cormoranes. Estaba a un costado de ese pequeño hotel de Marbella, en Cartagena, regido por Enrique Sedeaux, un francés afincado en el Caribe. Podría ser hoy un hostal de mochileros; llegábamos ahí los reporteros y fotógrafos encargados de cubrir el Festival de Música del Caribe, un evento que realizaba cada año Paco de Onís. También estaban ahí orquestas, como el entonces joven Grupo Niche, de Cali. De cara al mar, el hostal de Sedeaux brindaba cama y alimento.
Sedeaux había dispuesto unas largas mesas con tablones apoyados sobre troncos de palmeras, en los que diariamente teníamos un menú único: pescado frito, arroz con coco, tostones de plátano y limonada con panela.
Cada tarde, el Grupo Niche ensayaba debajo del flamboyán, hasta el momento de trasladarse al Circo de Toros, como se llamaba la vieja plaza de Cartagena donde el Reggae cada noche levantaba una fenomenal polvareda. Estaban ahí, en la arena, Larry Harlow, Paco de Onís, Alejandro Obregón, entre otros, dándose tragos de ron Tres Esquinas, mientras los grupos llegados de todo el Caribe saludaban con un “¡Hola Cartagena!”
Fue precisamente Harlow, uno de los primeros en señalar la calidad interpretativa del Grupo Niche. Así lo expresó en un reportaje que me brindó antes de subir a tarima. Me dijo que sin duda esta era una de las orquestas representativas de Colombia; aseguró también que no hubiera tomado el camino de la Salsa, sin una vacación que le deparó la vida en La Habana, cuando era todavía muy joven y el sonido de los tambores que siguen la elación del guaguancó, le dijo que ahí estaba parte de su existencia como artista. Para entonces, era un joven judío de clase media neoyorquina, fascinado con la música cubana. 
Varela andaba enamorado de una bella pianista de Cali que vivía en el barrio San Antonio y decidió luego irse a París; pero ella, por esos días del Festival de Música del Caribe, decidió ignorar al músico y se fue de gancho con un cadete francés; tenía su goleta anclada en el muelle de Cartagena. Pero más que el amor, lo desvelaba la música. Después del Circo de Toros, el ensayo continuaba en las noches; las voces, con acordes de trompetas, llegaban hasta las habitaciones: “De romántica luna/ el lucero que es lelo…si supieras la pena que un día sentí/ cuando cerca de mí tus montañas no vi…”
Tarry Garcés, sobrino de Petronio Alvarez, “El Cuco”, tocaba el saxo en el grupo. En varias ocasiones, entre el calor y el jugo de tamarindo que el propio Sedeaux arrimaba con una jarra a los músicos, me acerqué para ver la partitura del tema que nos deparaba ya tres noches de insomnio. Le pregunte a Tarry, y me dijo que se trataba de un homenaje a Cali, una canción que no dejaba dormir, tampoco, a Varela, en esos días de 1983. 
En el grupo de músicos estaba siempre un norteamericano, sin camisa. Sudaba a mares; nunca supe si era arreglista, representante de orquestas. Tampoco supe su nombre. La verdad es que de esa criba musical en Cartagena y otros desvelos en Cali, nació en 1984, el otro himno de la ciudad, “Cali Pachanguero”. Llegó en el álbum “No hay quinto malo”. Era la feria de Cali de 1984 y se organizó un jurado para elegir el tema de esas fiestas. Del jurado hizo parte Luis Fernando Caicedo Lourido, hijo del director del diario Occidente, Alvaro H. Caicedo.
Luis Fernando regresó a la redacción con el entusiasmo de haber dado un veredicto certero: “Medardo, me dijo, tienes que escuchar esa canción…se llama Cali Pachanguero, sin duda es el tema de la Feria…”.
Claro, era la misma del desvelo en Cartagena y comprendí cuánto aliento e inspiración había necesitado Jairo Varela para hacerle este homenaje a la ciudad. Las primeras notas de esta melodía que hoy va por el mundo, se quedaron engarzadas en aquel flamboyán de Marbella, en los ires y venires de Sedeaux, quizá uno de los primeros hosteleros con sentido ecológico que conocí entonces. Cada mañana acercaba un balde lleno de sardinas a los pelícanos que con paso chaplinesco venían hasta el comedor al aire libre. Las aves marinas comían de su mano.
Ese recuerdo del génesis de una canción que identifica a Cali en cualquier lugar del mundo, unido a la apoteosis de Varela en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, son dos momentos que hoy no paro de recordar. Este último fue en la cima de Montjuic, en 1992. Las delegaciones del mundo desfilaban al ritmo de canciones célebres. El Rey Juan Carlos I presidía el acto en su palco, de pie. De pronto, en la televisión mundial apareció el título de una melodía: “Una aventura”, y más abajo, el crédito: “Jairo Varela, Colombia…”
El tono de esa interpretación, en ritmo flamenco, todavía repica en la memoria: “Una aventura es más bonita/ si no miramos el tiempo en el reloj/ una aventura, es más bonita/ cuando escapamos solos tú y yo...” El coro, que se extendió por toda España, era como una escena de Lelouch en la película Un hombre, una mujer: “Reventamos, estamos que reventamos/ cada vez que de frente nos miramos/ y los pies bajo la mesa nos tocamos/ y un beso robado queda siempre como adiós…”
Como Rubén Blades, un poeta de la Salsa. Me pregunto ahora quién le cantará a Cali y al Valle del Cauca, al río Atrato, a Buenaventura, como lo hizo Varela de manera tan singular. Se fue temprano debiéndonos muchísimas canciones. Ya lo había dicho Mercedes Sosa: “Si se calla el cantor, calla la vida”.

domingo, 29 de abril de 2012

El color de la literatura

Por Darío Henao 
Especial para GACETA

GACETA 20 abril 2012, El País, Cali, Colombia


>> Reseña

Vistazo a la reciente colección de ensayos Palabra Afroamericana, del escritor y periodista de Buenaventura, Medardo Arias Satizábal, en los que explora el sustento literario de los grandes autores afroamericanos.

"La familia humana es una con distinto color de piel, pero con la misma capacidad de gozo e inspiración" dice Medardo Arias en su libro, de reciente publicación.

Para leer el artículo completo en GACETA debe buscar las páginas 16 y 17 click aquí



viernes, 13 de abril de 2012

Palabra afroamericana, presentación

Invitamos a la presentación del libro

Palabra Afroamericana
Autor: Medardo Arias Satizábal
Comentarios de: 
Dario Henao
Alfredo Vanin Romero
Fecha: viernes abril 13 de 2012
Lugar: Biblioteca departamental Jorge Garcés Borrero
Salón rojo
Hora: 6.30 p.m.


Tarjeta de invitación a la presentación del libro












portada


Nota de prensa, publicada en El País Cali, Colombia abril 10, 2012
El libro está disponible en la biblioteca departamental, calle 5 avenida Roosevelt esquina, en Caja.



martes, 6 de marzo de 2012

"Los caribeños somos como los griegos", dice Derek Walcott


Por Medardo Arias Satizábal
Derek Walcott, Premio Nobel de Literatura 1992


Al igual que otros escritores del mundo que pertenecieron a colonias inglesas o francesas, recogió el legado literario de esa cultura que vino del otro lado del mar, y la enriqueció a su manera, con unos giros locales que trajeron riqueza singular a su poesía, según lo reconoció el jurado del Premio Nóbel de Literatura en 1992, año en que fue laureado en Estocolmo.

De ese Caribe multilingüe y variado, colorido y profundo, esta cultura ha reclamado ya varios Nóbeles en Estocolmo. Podríamos citar a Gabriel García Márquez, a V.S. Naipaul, el extraordinario escritor trinitario, y también al autor de “Anábasis”, Saint John Perse.

Al igual que en el Sur de los Estados Unidos y en estados como Massachussets, la lengua inglesa conservó sus más ricos, intricados y coloridos giros arcaicos, los mismos que, para asombro del jurado de Estocolmo, aparecen en los versos de Derek Walcott quien, quien a la manera Vicente Huidobro con el poema “Altazor”, ensayó una letanía épica de más de 200 páginas, donde pone las bases de una estética del Caribe inglés: “Omeros”.

Walcott vino a Hartford para iniciar la lectura colectiva de “Omeros”, la misma que se prolongó hasta el día siguiente, dentro de un esquema en el que participaron estudiantes, profesores y poetas del estado de Connecticut.

Walcott miraba casi con incredulidad esta experiencia de ver su libro ir de mano en mano en diferentes acentos y en particulares elocuencias.

-¿Cómo observa a la cultura norteamericana hoy?_

Creo que la sociedad norteamericana está infectada por el dinero; usted ve cómo toda creación artística nace ya predeterminada hacia lo que es o no “rentable” La experiencia norteamericana me convenció que donde debía estar, realmente, era en mi casa, así que cuando volví a Trinidad, empecé un taller de teatro que llegó a ser una excelente compañía para mí.

-A usted se le atribuye el ser uno de los creadores de la estética literaria del Caribe inglés; ¿cómo podría definir este aporte?_

Déjame en paz…(risas) Creo que eso es muy difícil de contestar de manera sencilla. Si tenemos que hablar de calidades, de la individualidad del novelista, es menester reconocer que su ficción, su tradición, está siempre basada en una isla distinta y casi siempre con acceso a dos o varias lenguas. Si ves, Santa Lucía es francesa e inglesa al tiempo. En Trinidad, particularmente, primero se habló Español, pero hoy encuentras ahí muchas lenguas, todas vivas, como el Chino, el Creòle francés, además de una importante población venida de India. Lo que quiero decir es que cada autor caribeño, viene siempre de otro idioma, de una realidad dialécticamente mixta. Miremos la ficción que se ha producido en Jamaica, Antigua, Saint Kitts, Trinidad, y la identificación racial de los escritores que han surgido en estos lugares. Hablo por supuesto de V.S. Naipaul, de James, de Gina Reese. Su propia experiencia racial histórica, es parte de su biografía individual. Mucha literatura caribeña es autobiográfica en términos de esa experiencia.

-La herencia cultural no logra entonces definir un panorama “específico” del Caribe…

Nuestra figuración no sería tan significativa sin esa herencia. Observa la experiencia africana e India en Trinidad, o el caso de Bobby Anthony, con raíces italianas, pero afincado en el Caribe. Que cada escritor pueda echar una mirada atrás, es un privilegio. Nuestra herencia cultural es de esas islas, y pertenece también a continentes, al tiempo. La individualidad de la que hablo no es una contradicción sino un rico patrimonio.

-¿Como define entonces este carácter de los escritores caribeños?

La identidad racial de cada lugar es importante, y con ello las distintas mezclas religiosas. Cada escritor tiene su propio sello o estilo; así que podemos afirmar que un párrafo de Naipaul puede ser diametralmente distinto a uno de James. Esto resulta fresco y excitante.

-¿Recibió usted alguna influencia del poeta Saint John Perse?_

Sí, pero eso vino mucho después; yo tenía una formación inglesa, obviamente, y nunca me he sentido extranjero o foráneo en esta lengua. Mi primera educación fue en literatura clásica inglesa. Al tiempo, se presenta el resurgir de la literatura caribeña, con su propio lenguaje, así que tengo estas dos influencias. Por un lado, banano y cocos, y por el otro lagos y bosques…

Como en su primer libro, “La Noche Verde…”

Sí, no me da pena reconocer que ahí puede verse la influencia de T.S. Elliot, de Auden y Dylan Thomas. Si lo miras bien, parece casi una antología de ellos, porque creo que parte de la tarea del artista es pasar parte de su vida aprendiendo de otros. No importa si estas influencias tienen consecuencias. Eso de que cada escritor debe establecer su propia personalidad, es una idea del siglo XX. Muchos críticos andan buscando siempre influencias, les gusta saber de dónde vino tal o cual idea o metáfora, pero para alguien que quiere ser poeta, no debe importar de dónde vienen las influencias; no tengo ninguna pena al admitir que estudié muy dedicadamente el diseño de ciertos poemas. Siempre me he considerado un aprendiz, y este aprendizaje es algo que nunca se detiene.

-Luego la literatura es más un asunto de humor que de inspiración…

Hay una idea de humor en América, y por América no quiero decir Estados Unidos, sino el Nuevo Mundo. Este humor puede ser grotesco o satírico, pero realmente es la idea del goce, del disfrute. Este goce está estrechamente ligado a la percusión, al ritmo. Mira la música de América Latina y el Caribe; está basada, mayormente, en la búsqueda de la dicha. La gente puede estar triste, muchas veces, pero el ritmo va por un lado, muy alegre. Esto es algo muy fuerte para la literatura. Esa percusión puede venir del ritmo africano o de la India y no de ese panorama elegiaco que se atribuye a toda gran literatura. En el Caribe podemos dar ejemplos diarios del deleite, y esto es una cualidad, la cual no abunda en la literatura europea, con excepción de la rusa. No es que una literatura sea mejor que la otra. Sólo que este humor nos viene también del sufrimiento y nuestra habilidad para perdurar, para crear una nueva dimensión que no es comedia ni es tragedia; sólo tragicomedia. Abundamos en ironía y sátira, en esa capacidad de mofarnos de nosotros mismos.

Usted ha comparado el Caribe con esa literatura de archipiélago que surgió en Grecia y contaminó al mundo…

Escribí un libro al respecto y eso me ha hecho, supuestamente, experto en mitología griega. Pero no me considero una autoridad. La historia de Helena de Troya en Santa Lucía, viene a ser como la “Helena de las Indias”, la que cambió de mano trece veces. Santa Lucía, donde nací, es estratégicamente como Gibraltar. Entre franceses y británicos cambió treces veces, tuvo trece tratados. Cuando era joven, llegaban las referencias griegas a través de la cultura inglesa y de la francesa. Estábamos familiarizados con la historias de Ulises, y claro, ahí puedes ver de una isla a otra, como en Grecia. Saint Vicent, está a 23 millas de Dominica. Yo puedo ver Martinica desde el balcón de mi casa. Entonces tenemos este sentido muy fuerte de archipiélago. No conozco Grecia, pero creo que debe ser casi lo mismo. Lo podía sentir cuando leía la Odisea; sabía que este señor que contaba esas historias, era alguien en quien se podía confiar; eran narraciones magníficas, pero sabías, al fondo, caribeñamente, que eran pura mierda. El tipo iba a una isla y encontraba gigantes. Homero no podía dar confirmación de esto, pero Ulises lo corroboraba. Todo transcurría dentro de las historias.

La superstición es también una cultura que une todo este archipiélago Caribe…

Ahí puedes encontrar un agüero conectado a cada isla; cada una tiene su propia experiencia supersticiosa, cultura que coexiste con la religión. Para cualquier poeta o escritor, esto es tremendo, porque tienes al frente una cosa que siempre está a medio camino de la otra. En la expresión afrocolombiana, por ejemplo, vas a encontrar siempre lo español. Dos mundos al tiempo. Por la vía del mito, este es el balance que tenemos en el Caribe. Shakespeare y García Márquez, al tiempo. Todavía hay gente en Santa Lucía que cree en los espíritus, pero ello no les permite rechazar la tecnología. Hay algunos escritores que odian eso, tratan de ser muy racionales, como V.S. Naipaul; no quiere oír nada de eso. Pero la mayoría de los escritores tratan de encontrar un balance.

Entre 1957 y 1958, usted hizo teatro en Nueva York. ¿Cómo era entonces el ambiente cultural de esta ciudad?

Extrañaba la casa, quería volver, sentía nostalgia, pero estaba inmerso en el teatro japonés, el de Kabuki, tenía mucha curiosidad por un movimiento teatral en pleno desarrollo, el que me llevaría luego a tener mi propio grupo trinitario y caribeño.

¿A quién se le ocurrió bautizarlo Derek Alton Walcott?

Mi madre fue viuda y ella me dio este nombre; ella tenía herencia holandesa. Derek es un nombre holandés y algo inglés también. Ella venía de Saint Martin. Mi abuelo paterno era inglés; vino de Barbados a Santa Lucía. Mi padre quizá fue hijo ilegítimo. Trabajó en el servicio civil y tenía afición por la pintura. Le gustaba usar acuarelas y también escribía. Sé que hizo algo de teatro con un grupo que creó mi madre. A él le encantaban los amigos, la música, la actuación.

-¿Cuál era el nombre de su primera novia, cómo eran los romances de su tiempo en Santa Lucía?

Mi primer amor creo que fue verdadero y ocurrió cuando tenía 18 años. Recuerdo que ella era mucho menor, y se llamaba Andreuille. Cuando eres joven te sientes maravilloso si ves a tu chica al menos por 1 minuto al día. A veces la veía pasar, al inicio, y ella ni siquiera se fijaba en mí. Yo estaba un poco loco por ella, pero me sentía fantástico todo el día. No hay nada que pueda compararse a esos amores de juventud.

-¿Cuál es su lugar predilecto cuando regresa a Santa Lucia?

Tengo una casa allá; con el dinero del Premio Nóbel me construí una casa muy linda. Tiene vista a la bahía, un magnífico panorama. Puedes ver pasar las canoas. Los pescadores son mis amigos. Cuando regreso ahí tengo la buena compañía de Sigfrid. Ella, aparte de ser linda, es buena conversadora. Esto es muy importante para mí. Uno puede ser muy bello, pero el encanto se mengua rápidamente si no se puede conversar.

-¿Cómo observa a Colombia, cuál es la lectura que hace cuando escucha el nombre de nuestra nación?

En verdad, debo ir a Colombia, conocerla. Hay simplificaciones periodísticas que la definen como una narcoeconomía, pero es a veces muy fácil decir esto desde los medios; no se puede prejuzgar. Yo nunca he creído que todo colombiano es drogadicto o que todo el mundo es corrupto ahí. Creo, seriamente, que Gabriel García Márquez redime siempre el nombre de Colombia. Él es una especie maravillosa de mago y escritor. Yo creo que el asunto colombiano, de verdad, es lo que está al interior de él; el humor y la suavidad, eso es colombiano.Nunca he sido su amigo, pero lo admiro grandemente. Soy amigo de algunos de sus fraternos, como Carlos Fuentes.

Derek Alton Walcott, el admirador del arte prerrafaelista, trabajó con Paul Simon y Rubén Blades para el montaje de “Capeman” en Broadway, lo que consideró un fiasco, pues tuvo diferencias con Simon, al tratar de imprimirle un aire más hispano o puertorriqueño a esta obra, según sus propias palabras; Walcott, el poeta que no cocina “ni un huevo”, pero disfruta a mares del pargo rojo y la langosta en su tierra, para él el lugar más bello que existe. “Lo amo por todas partes; para mí Santa Lucía es como una mujer…”

Derek Walcott, Lise Waxer, Medardo Arias. Lise Waxer, etnomusicóloga canadiense, catedratica de Trinity College en Hartford y esposa de Medardo Arias, realizó la traducción simultanea de este reportaje.

jueves, 7 de octubre de 2010

Tu comentario

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Saludo cordial,
Medardo

martes, 13 de octubre de 2009

Eddie Palmieri y La Perfecta estarán en la Feria de Cali


El Maestro Eddie Palmieri, considerado por muchos como ¨la verdad en la Salsa¨, estará en la inauguración de la Feria de Cali este 25 de diciembre.

Palmieri brindó este reportaje en exclusiva a Medardo Arias Satizábal.


Memorias en torno a la música de Eddie Palmieri

Habíamos aprendido a distinguir el pito de los barcos a través de las ventanas de la casa, en el puerto de Buenaventura, Colombia. Sabíamos ya, por el sonido de cada uno, si se trataba de un "Gulf",    de un "Santa" -estos últimos, de la compañía "Grace Line", o si era un vapor de la Flota Mercante Grancolombiana, el que atracaba en ese momento en bahía. Distinguíamos también el pito del remolcador que acudía presto a cooperar en las tareas de amarre en el muelle. La noticia de la llegada de un buque de nuestra flota, era la mejor. No sólo porque llegaban ahí nuestros parientes marineros, sino porque en sus camarotes traían la mejor música del Caribe que entonces, años 70 e inicios de los 80, se hacía en Nueva York.

            Nos precipitábamos a la Rambla, donde esperaban las lanchas que iban hasta los fondeaderos. No queríamos esperar que el barco tocara muelle, sino ir hasta ahí, hasta las boyas lejanas, para abrir el tesoro: discos nuevos, sellados en sus carátulas, vírgenes para nuestros oídos y nuestro ánimo de bailadores; Pete Rodríguez y su Orquesta, Chorolo, Kitto Vélez cantando la Plena de San Germán, Cortijo y su Combo, Joe Bataan, la Sonora Palacio, de Venezuela, José Fajardo y su flauta, el que interpretaba "Fefita", el danzón "Almendra" y "El Cadete Constitucional", Pacheco y su Charanga, Larry Harlow, el Boogaloo del Gran Combo, Richie Ray y su Jala-Jala, Tito Puente y La Lupe, Chivirico Dávila, y por supuesto Eddie Palmieri con su orquesta La Perfecta. Estos discos eran guardados como joyas, hasta hoy, en las discotecas familiares de los marineros, y también en lugares pioneros de la Salsa en Colombia, tales como el Bar de Próspero, Puerto Rico, La Barata, Shangay, sitios localizados en La Pilota, la zona de tolerancia de Buenaventura, en los años 60 y el primer  lustro de los 70. Otros bares y discotecas fueron abiertos en la zona continental de la isla, y continuaron su diaria fiesta de timbal; Camaguey, Palladium, El Caney, el Boulevard del Ron, Monterrey, El Campín. Buena parte de esta música que llegaba en los barcos, iba a parar al bar "Mis noches"de Cali, o al "Costeñita", pioneros en esta ciudad, conocida hoy como "Capital Mundial de la Salsa".

Entonces la Salsa era en Colombia, un ritmo que sólo escuchaban los marineros, los obreros, la gente más humilde de las barriadas afrocolombianas y los intelectuales bohemios. Las clases "altas" miraban con desconfianza a los que gustaban de esta música.          

            Teníamos en nuestra colección ese primer disco que grabó Eddie con la Alegre Record, donde aparecía toda su orquesta, con chaquetas rojas junto a un Cadillac de colección. Pero, su tercera creación, "Lo que traigo es sabroso", fue la que encendió todo el puerto, pues venía ahí una composición que empezaba diciendo: "Muñeca/ quiero que me perdones/ muñeca/ que no lo hago más/ me encontraste en los brazos de otra nena/ con intenciones que no valen ná…"  Esta producción, además, había traído otro aliciente para el bailador: "Ajiaco caliente", una de las melodías con los arreglos más brillantes para la danza y sus recursos, tanto como la "Bomba del corazón".

            Vendría después la era de Tico Records con Palmieri, la cual se anotó tres "hits" consecutivos con "Echando Pa´lante", "Azúcar pa´ti" y "Mozambique". Este último L.P. constituyó el arribo a una etapa de madurez, a un tono superior que nos confirmó al Maestro como un iluminado de sus tiempos, un creador en permanente renovación dentro de la música latina en Nueva York.

            La primera vez que Eddie Palmieri fue a Colombia, el empresario artístico Larry Landa quiso que iniciara su gira en el puerto de Buenaventura, como un reconocimiento al lugar por donde entró la Salsa a Colombia.

Eddie llegó con su orquesta, y no obstante la publicidad previa que había hecho el empresario a través de la radio y en avisos callejeros, a las siete de la noche el Coliseo del puerto permanecía desierto. El concierto estaba programado para las ocho. La verdad es que nadie en Buenaventura creía que un músico de la dimensión de Eddie Palmieri podía estar en realidad ahí, y esta incredulidad era la que había detenido a la gente en sus casas. En los bajíos, por las casas lacustres de los pescadores, corría el mito de que Palmieri tocaba en "un piano de oro con teclas de marfil". Le dije a Larry que lo más conveniente sería ir hasta el cuartel de bomberos, y pedir prestada una máquina para exhibir a la orquesta por toda la ciudad, con sirena de incendio incluída. La idea prendió inmediatamente, y los bomberos fueron solícitos en esta petición. En pocos minutos vimos a Palmieri paseando como un Rey con toda su corte, saludando desde la parte de arriba la máquina. En segundos se armó un tropel de gentes que corrían detrás con el deseo de comprobar que sí, en realidad se trataba del pianista excelso que había llegado directamente de Nueva York; había llegado a apagar el fuego de la incredulidad, y a encender el de la alegría. Junto a él, Chocolate Armenteros levantaba una trompeta y también Ismael Quintana se brindaba al saludo de los porteños. En sólo una hora, el coliseo estuvo a reventar. Era el inicio de la década de los 80; mi hermano menor tenia diez años y cargué con él al concierto. Lo senté justo debajo del piano de Palmieri. Desde entonces, él abrazó esta música como suya. Las notas fuertes de "Vámonos pa'l monte" y de "Bilongo", lo convirtieron también en súbdito del Maestro.               

            Desde entonces, sólo volví a verlo 18 años después en el teatro de la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut, cuando puso de pie a un público que no resistió el deseo de bailar. Abrió el concierto con "El Molestoso"; ya su orquesta se llamaba "La Perfecta II". Su cantante, Ismael Quintana, había dicho adiós, pero al frente soneaba como los grandes Herman Olivera. "!Se acabó el mundo, caballero!", gritaba un cubano desde la platea. Era Palmieri que había regresado para decir la verdad, sólo la verdad, en el mundo de la Salsa.                                               


   De Harlem para el mundo

Cuando Eddie Palmieri se asomó a la música, lo hizo a través de su hermano Charlie, nueve años mayor, quien lo llevaba a los ensayos   y le presentaba a jóvenes músicos, los que a la postre, protagonizarían, desde el Harlem Hispano, uno de los movimientos musicales más importantes del mundo, a través de la interpretación de una música con fuertes raíces en Cuba y Puerto Rico, y a la búsqueda, ya en el primer lustro de los 40, de lo que se conocería  como Latin Jazz, la fusión entre los ritmos de la América mestiza, con los acentos profundos de las plantaciones de algodón en Alabama.

            Eddie había nacido en 1936, hijo de padres puertorriqueños de origen italiano. Con el radio pegado a la oreja, en pantalón corto, escuchaba en su primera edad a los pioneros, a los que abrieron el camino hacia lo que se conoció como el sonido latino de Nueva York. Y claro, toda la música que se producía en Norteamérica. Se recuerda ahora a sus trece años, como timbalero de una orquesta que armó su tío en Nueva York, una devoción que sólo le duró hasta los quince años, cuando decidió, definitivamente, seguir el camino del piano, junto a su hermano Charlie. "Soy un percusionista frustrado…", dice, pero quienes escuchan su piano, saben que él trasladó magistralmente a las teclas, el golpe de timbal, el sonido de congas y tumbadoras, y que muchas veces su piano suena así con el percutir africano de un cuero de chivo, bien templado. Para los que cruzaban el río, el East River, y vivían en el Harlem Hispano, la vida aquí se desarrollaba entre dos mundos, entre padres y abuelos que hablaban español, y chicos mestizos que iban a la escuela pública y aprendían de ellos las viejas costumbres de las islas, el afecto por la cocina criolla, el bacalao, el mofongo y la "carne guisá", mientras el mundo daba su vuelta romántica en torno al teatro del barrio, el Campoamor, donde Vicentico Valdés preguntaba por los aretes que le faltaban a la luna. De ahí, de los acentos criollos de la cocina de su casa, Eddie Palmieri se aficionó a los piononos, un manjar puertorriqueño, hecho de masa de plátano dulce con cangrejo en su interior, y rebosado posteriormente con harina y huevo batido. Desde la otra orilla, quien fuera su gran amigo y compañero de vida musical, Tito Puente, daba la vida, también, por una sopa de bacalao.  

            En ese mismo teatro del viejo Harlem, el Campoamor, había cantado Carlos Gardel en un invierno inolvidable, poco antes de su muerte en Colombia en 1935, un año antes del nacimiento de Eddie Palmieri. El cantor argentino interpretó sus tangos en una función compartida con el Trío Matamoros. Muchos debieron conformarse con escuchar su voz desde afuera, bajo la caída lenta de la nieve, pues no hubo asientos suficientes para la multitud.

            Harlem vibró a través de todos los años 40 y los tempranos  50 con los ritmos de Cuba y Puerto Rico. En los bailes de fin de semana, muchos de ellos concebidos como "fund raiser", para pagar arriendos y cuentas pendientes, tocaba la orquesta del Canario y se escuchaban ya los acordes de la banda de Frank Grillo, Machito, quien con su hermana Graciela Pérez, hizo época durante 32 años junto a Mario Bauza, Tito Puente y el mismo Charlie Palmieri.

            En los Estados Unidos, los ritmos latinos tenían poca difusión en la radio, aparte de algunos corridos que llegaban de México, como "La Paloma", "La Borrachita" y "Cielito Lindo" y, desde Cuba, "El Manisero", la composición clásica de Moisés Simon.  Pero en los 50, el cubano Desi Arnaz, quien a la postre fue el esposo de Lucille Ball, con quien hizo el famoso programa de TV " Ï love Lucy", cantó "Babalú" en inglés y la canción se popuularizó en clubes como el "Morocco" y más tarde en el Palladium, este último, considerado el templo del Mambo en Nueva York.

            Palladium fue una plataforma de lanzamiento para muchos músicos latinos en la urbe. Así lo recuerda Eddie Palmieri; había un fervor, una efervescencia  en el aire que hacía de este club un lugar inolvidable, particularmente en fines de semana. Tocaba ahí la orquesta de Dámaso Pérez Prado, y tambièn la de Tito Rodríguez. Palladium fue también un lugar de éxito para el compositor puertorriqueño Bobby Capó, creador de las famosas canciones  "Piel canela" ¨y "El negro bembón". Nacido en Coamo,  popularizó una forma de bailar que se conoció como "El estilo Palladium".

            Eddie Palmieri ha recorrido ya más de cincuenta años de actividad artística, tiempo en el cual ha recibido nueve premios Grammy e incontables reconocimientos, entre los que se cuentan honores de la Universidad de Yale y del Smithsonian Institute. Para celebrar sus 50 años de vida artística, Palmieri fue invitado a Hartford, Connecticut, por Gil Martinez presidente de HPN, el Hispanic Professional Network, quien convocó el auspicio de varias empresas afincadas en esta capital, para brindar un concierto histórico en el Teatro Bushnell. Esta experiencia fascinante, permitió la elaboración de un vídeo que celebra esas cinco décadas dedicadas a lo mejor del piano en Salsa y Latin Jazz.

            Con ocasión de la primera presentación de este vídeo en el Casino Foxwood de Connecticut y en compañía de su hijo Eddie Palmieri II, el Maestro nos contó algo de su historia, en una entrevista cruzada por recuerdos de primer álbum de 1961; una charla a la que acudió el esplendor de las orillas de "Mozambique", "Azúcar pa' ti", el tremor púrpura de "Live at Sing Sing", su experiencia junto a Carl Tjader y, por supuesto, aquel  tiempo iluminado por la voz de Ismael Quintana, cuando pedía con su voz "Café tostao y colao"..


            -¿Palmieri es un apellido italiano; cómo llegan los Palmieri a Puerto Rico?

Eran Florentinos; un Palmieri fue presidente de la república. Cuando visité Florencia, encontré ahí, también, una avenida que lleva el nombre de Mateo Palmieri. Sé que ellos fueron cercanos al Vaticano. Uno de ellos tenía título nobiliario, era Conde. Dos hermanos Palmieri salieron de Corsica en dos barcos diferentes.  Uno encalló en Puerto Rico y el otro se perdió en alta mar. Esta es la primera versión de la llegada de mis antepasados a América.. La segunda habla de un barco, el "Aurora", que traía familias italianas a Puerto Rico, allá por 1830.  Ya en 1873, se tienen noticia de los Palmieri en Puerto Rico, en una hacienda que se llamaba "Amelia".

-¿Guarda alguna relación con los Palmieri de Italia?

En Corsica conocí a un primo, muy parecido a mi hijo; fue una experiencia increíble. Mi abuelo Domingo Palmieri todavía hablaba italiano. Cuando murió mi tatarabuelo, todas mis tías  regresaron a Europa.

Era la noche del 2 de diciembre de 2008; en el salón resonaban las notas de "Vámonos pa'l monte" y Palmieri iría en breve a visitar la tabaquería del Casino Foxwood, en busca de un buen puro. De pronto lo observo algo melancólico, cuando recuerda a su hermano Charlie: "Voy a cumplir 72 años muy pronto", me dice, y es como si el tiempo volviera a recorrer las calles del Harlem Hispano donde por primera vez fue a una fiesta de la mano de su hermano, . "Charlie fue mi inspiración entera; creo que era un genio. Ya a los 14 años estaba tocando profesionalmente…". Le recuerdo que el primer Larga Duración de su hermano, llegó en barco a Buenaventura, desde Nueva York. Se llamaba "Tengo máquina y voy a 60", en el que aparecía el mayor de los Palmieri conduciendo un carrito rojo, con su rostro original, pero caricaturizado en el cuerpo, como figura de tira cómica. "Él  grabó muchos discos, tuvo mucho éxito", dice Eddie, y recuerda cómo Charlie fundó la legendaria Alegre All Stars. "Mi hermano fue el director musical y era muy querido por el dueño de este proyecto, Al Santiago; mi hermano era la base". De los grandes músicos del Caribe que llegaron a Nueva York, dice que le hubiera gustado conocer al percusionista cubano  Chano Pozo. "Yo tenía diez  años cuando lo mataron. Él llegó a Nueva York en el 47…". En honor a una composición suya,  Nueva York conoció el "¨Blem Blem Club".

-¿Cómo influyó Charlie Palmieri en el movimiento musical neoyorquino de los años 60 y 70?

A partir de la Alegre All Stars, Pacheco tomó la idea para organizar la Fania. Él tocaba flauta junto a mi hermano, en un cuarteto. Se presentaban en un club en Manhattan y grabaron un disco. Aprendió a tocar la flauta junto a mi hermano. Después de esta experiencia musical de ambos, Pacheco hizo su propia orquesta. Mi hermano se quedó con la Duboney, y Pacheco formó su charanga.

            -Fue un tiempo dorado para la música latina en Nueva York; el Palladium, el Corzo, el Morocco…¿puede recordar un club que se llamó el Bronx Casino? Era frecuentado por  los marinos de la Flota Mercante de Colombia… 

Seguro, lo recuerdo bien. Los dueños eran un cubano de apellido Maceda, y un puertorriqueño a quien llamábamos Quintana. Por ahí iba también el famoso promotor Federico Pagani, quien producía un espectáculo para el Palladium. Tenía tremenda experiencia en Manhattan, pues le habían tocado los años 40. El Bronx Casino se llamó inicialmente "Caravana Club". A su lado, había una barrita donde también se tocaba música latina. Se llamaba "La Campana".Una de las primeras grabaciones de mi hermano, fue "¨Pachanga en El Caravana".

            Pagani fue quien convenció a Moore, el gerente del Palladium en 1947, de atraer a la clientela de Broadway con orquestas caribeñas, pues entonces el club estaba en decadencia. La fórmula prendió rápido con Machito y sus Afrocubans y en breve tiempo, este sitio localizado en Broadway con la calle 53, se vio atestado de gente que deseaba bailar mambo, rumba y guaguancó.             

Mientras Palmieri habla, evoco el momento en que fui en  búsqueda del sitio original donde funcionó este legendario salón de baile de Nueva York. Lo hice con una expedición de estudiantes y académicos de Trinity College, interesados en recuperar la memoria de la música latina en los Estados Unidos. Después de recorrer el Harlem Hispano frente a lo que va quedando del Teatro Campoamor, me detuve también un instante ante la fachada de lo que fuera el Bronx Casino, hoy un templo cristiano. Frente a las arcadas del balcón otro día iluminadas por las trompetas, fulge ahora una cruz púrpura.

-¿Cual es el recuerdo más vívido que tiene del Palladium, de ese  tiempo iluminado de nuestra cosa latina en Nueva York?

A mí prácticamente me tocó cerrar Palladium. Recuerdo que ellos habían perdido la licencia para vender licor ahí, y la situación se puso difícil. El dueño, Maxwell Hyman, estaba muy triste, porque este lugar era su vida. Puedo recordar esa noche del año de 1966, cuando cerraron el Palladium. Alterné con Tito Rodríguez. Este sitio había tenido su época dorada a lo largo de todos los 50 y continuó en fervor hasta el 65. En los 50 toqué mucho ahí junto a Vicentico Valdés, el cantante estrella de la orquesta de Tito Puente. Empecé en el Palladium en el 56. Ahí podías encontrar las mejores orquestas; Machito, Tito Puente, Tito Rodríguez. Había un ambiente increíble.

            Le recuerdo a Eddie Palmieri los boleros "Envidia" y "Los aretes que le faltan a la luna", emblemas en la vida de Vicentico, quien había dejado en Cuba a su hermano Alfredito Valdés,  también cantante de altos reconocimientos. Palmieri dice que Valdés regresó a Cuba en 1953 para grabar con la Sonora Matancera. "Vicentico fue muy querido también México. Cuando Tito Puente lo llama para cantar en su orquesta, el pianista titular de esta banda era mi hermano Charlie. Luego integraron también una percusión fuerte, con Mongo Santamaría".

-¿Cómo fue esa última noche del Palladium, cómo quedó registrada en su memoria?

Era muy triste ver al dueño, a Maxwell, un señor judío; el adoraba este sitio. Esto, este ambiente, había sido realmente su vida. Tengo la firme impresión que este es el único salón de baile de Nueva York, al que ningún otro pudo igualar.

-Maestro, háblenos un poco acerca del génesis de  ¨Sugar for you…"

Eso fue un hit; yo había escrito "Azúcar pa' ti" ya desde 1963, pero sólo pude grabarla en el 65. Se convirtió en todo un éxito en la calle, antes de llevarlo al estudio de grabación. Cuando Simphony Sidd, el famoso animador del mundo de la Salsa, y el manager de Tito Puente me llevaron a la compañía Tico, "Azúcar pá ti"se tomó la radio de Nueva York. No paraba.

-¿Qué recuerdos le trae el encuentro con Carl Tjader?_

Tjader vino a buscarme; yo estaba tocando en el Sheetah, un sitio de Ralph Mercado, cuando vino a verme y creí que él deseaba que grabáramos juntos. Pero su idea inicial era grabar a La Perfecta, a la orquesta completa. Hicimos un disco para su compañía, y él grabo otro para nuestra casa disquera cuyo nombre fue "Bamboléate".

-¿Por qué Eddie Palmieri ha mantenido este carácter personal, este deseo de hacer su propia Salsa. Sabemos que la Fania lo ha respetado pero en sus inicios usted no la integró, siendo uno de los grandes en Nueva York, y la idea de Fania era esta, tener lo más selecto?

Me gustó siempre estar independiente, lejos de donde estaba todo el mundo. La Fania poco a poco tuvo a todos los artistas destacados en el concierto de la Salsa en Nueva York. Llegó un momento en que estuve a punto de firmar con ellos, en 1973, pues había hecho un contrato para grabar con Cheo Feliciano, pero en ese momento dos empresarios judíos querían empezar una nueva compañía, Mango Record, la misma que luego se convirtió en  Coco Record.  Con ellos grabé un disco que se llamó "Sentido", el cual fue el último que hice con Ismael Quintana, antes de que él se fuera con Fania.

            Palmieri agrega que "esto de la Fania fue una experiencia muy particular, pues cada uno de estos cantantes que participaron de la primera época,  tuvieron gran éxito cuando se fueron solos, por su propio camino. Hablo por ejemplo de Ismael Miranda, quien se fue del lado de Larry Harlow y tuvo éxito. Héctor Lavoe se fue del lado de Willie Colón, y encontró también el aplauso. Al fondo, no podríamos saber hoy  quién se fue del lado de quién, pero todos estaban buscando ya su propia carrera, su propia luz. Pete El Conde se apartó también de Johnny  Pacheco e hizo lo de él. Me alegré también por Ismael; ellos le dieron buenos resultados a las casas disqueras, con grandes hits. Ismael pudo viajar por todo el mundo con la Fania.

-La Salsa  seria, la que llaman en Puerto Rico "Salsa Gorda", la de "Vámonos pa'l monte", la de "Pa´la Ocha Tambó", "El Palo de Mango" "Ajiaco caliente", se ha visto asediada últimamente por ritmos como la Bachata y el Reggaeton. ¿Usted cree que esa vieja Salsa, la que muchos identificamos como "verdadera", la ortodoxa, va a desaparecer?

Esto de la Salsa con tema sexual –"Salsa de Alcoba" la llaman en Colombia-, fue algo muy dañino.

Hay orquestas que siguen hoy la llamada Salsa Gorda; un Jimmy Bosch. Están tocando, quieren tocar así, como en la vieja época. Un buen ejemplo de la sobrevivencia de este estilo, es también la Hispanic Harlem Orchestra. El punto es que en el tiempo que nos tocó, todas las orquestas estaban tocando en ese género, en este estilo de música bien fuerte. Era como una competencia. Cada  orquesta sentía la necesidad de fajarse contra la otra. Esto traía inspiración, le daba a uno mucha energía para escribir y componer. Con la Salsa de letras sensuales, apareció el fenómeno del Cantante, del que no paraba de cantar, y ya la atención se centró menos en las orquestas y sus arreglos. Era otra cuestión. Ya la atención no se enfocaba en la densidad, en el cuerpo de los arreglos.. Se perdió esa resistencia, ese clima excitante de la música bailable. Te ponías ahí a escuchar o bailar, pero ya no era igual. No quiero hablar mal de ningún artista, pero ese era el estilo en que se estaba tocando, un estilo que no iba a excitar a nadie, y como la juventud no sabía, no conocía la diferencia, no podía  comparar entre el ayer y el hoy,  ahí vino la confusión de géneros.

-¿Se podría afirmar que la Salsa fue un fenómeno musical neoyorquino?

Hay gente que anda diciendo por ahí que la Salsa vino de Nueva York. No señor, la Salsa tiene su raíz cubana y eso nadie lo ha podido cambiar hasta hoy; esto es lo que excita más al bailador. Sé que Cuba sigue echando pa´lante en sus diferentes formas de interpretación musical. Creo que esa irrupción inicial de la Salsa "Sensual" fue muy dañina y fue lo que permitió la llegada del Reggaeton, y de esta suerte de  Hip-Hop que se escucha hoy. Lo único que  mantiene hoy  la memoria viva de nuestra música, son los congresos de Salsa en diferentes partes del mundo. Esto ha ayudado mucho a conservar el arte del baile, porque también el arte del baile se ha perdido.